La danza contemporánea, los dedos y las estrellas

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La danza contemporánea, los dedos y las estrellas

El propio título de esta pieza (ATP, una obra de danza contemporánea performática) es un desafío que coloca al espectador en la necesidad de preguntarse si es danza, si es contemporánea o si sólo es otra performance. Es posible encontrar argumentos para cada idea. Tamara Cubas es un artista que tiene una buena formación en danza, un concepto general del ritmo y una visión particular del movimiento como materia, que hacen sostenible su clasificación como ¨danza¨.
Pero estamos ante una obra extremadamente difícil de explicar, y eso la hace mucho más interesante. Se trata entonces de una experiencia y eso es lo que vale la pena narrar, la experiencia.
Lo primero que se siente es una fuerte influencia de las artes visuales: el planteo de la obra se realiza reproduciendo un cubo blanco, al que ingresan los tres intérpretes, dos hombres (Santiago Turenne y Miguel Jaime) y una mujer (Mariana Marchesano). Cada uno recoge una lista e instrucciones que pega en una de las paredes del cubo y se apresta a cumplirlas.
Sin usar nunca expresiones faciales, os tres intérpretes se cruzan, se miran, se siguen, se reconocen, se tocan y se distancian; se visten y desvisten, forzándonos a buscar un orden lógico que se nos escapa cada vez, hasta que aceptamos que muchas acciones (aún en nuestra vida particular) se realizan de tal forma que sólo tienen sentido para quien las ejecuta.
Unos micrófonos con largos y porfiados cables son la única utilería (aparte de la ropa y las listas), pero esos micrófonos no son utilería, captan los sonidos y Francisco Lapetina los manipula, amplifica, distorsiona, repite, etcétera, para construir con ese material el costado sonoro de la obra. Los bailariens se nos figuran como materiales manipulados por creadores externos que los cambian de lugar, los mueven, visten, desvisten y hacer sonar de diferentes formas. A veces los bailarines mismos, cuadno manipulan a otro compañero como si fuera un muñeco de trapo, parecen convertirse en las manos de un escultor gigante.
De repente, sin razón aparente los tres cuerpos desnudos (primera vez que están sin ropa al mismo tiempo) se apilan prolijamente boca abajo, como si fueran una estiva de mercadería o más claro, de carne. Luego alguno cobra vida y se obstina en usar los otros dos cuerpos como territorio donde estar (es estar o ser?), sólo pisa y se apoya en los otros cuerpos, los mueve y cambia de lugar para poder trasladarse sin tocar el suelo.
Las imágenes y sus sonidos se suceden lentamente, pero con un ritmo tan nítido que produce vértigo, los bailarines realizan una acción y vuelven a sus lugares a leer en la lista la próxima que tendrán que que hacer, uno quiere leer esa lista de la no voluntad y se pregunta , ¿qué dirá? ¿por qué uno se desviste y otro no? ¿por qué ahora se desvisten todos y antes no?, ¿para qué le escarban el cuerpo con el micrófono?. En fin, uno se pregunta ¿qué les pasa a estos muchachos? ¿qué está pasando en escena?
Ese es el momento de volver a la pregunta correcta, que será: ¿qué me pasa a mi con esto?, ¿qué relación tiene esto que estoy viviendo con mi idea de espectáculo? ¿por qué me provocan todo el tiempo y no me dejan ser sólo espectador que aplaude al final? ¿Será que la obra de arte (Camnitzer dixit) es el espectador mismo que pagó la entrada y está allí sometido a una lista que alguien hizo y le genera incomodidades libretadas?
Esta es una reseña extraña, llena de preguntas y no de interpretaciones, quizá porque ATP es eso, la posibilidad de hacernos preguntas nuevas, o preguntas viejas de manera diferente, la oportunidad de conocer más de nuestras reacciones y nuestra sensibilidad ante la sorpresa.

Tipo:Crítica
Autor:Walter Veneziani
Medio:Semanario Brecha

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