Danza y Colonización

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Danza y Colonización

“Puto gallo conquistador”

Con este provocador título, el colectivo Perro Rabioso pone en escena la última creación de la coreógrafa y artista visual Tamara Cubas. Desde una mirada política del vínculo arte-sociedad, Tamara busca una y otra vez remover la relación entre percepción, reflexión y memoria. Entre algunos de sus últimos trabajos se ha podido ver: ATP, trabajo sobre el cuerpo y el espacio planteado como una caja blanca y vacía que debemos ocupar visual y sonoramente para existir, Actos de amor perdidos, una labor solista donde bucea en la relación de su historia personal dentro de una familia exiliada y el pasado reciente del país, y Proyecto multitud, donde interviene espacios públicos con decenas de performers que hacen de su presencia e interacción una manifestación de existencia colectiva, anónima e identitaria al mismo tiempo.
Puto gallo conquistador –en la que intervienen Javier Olivera, Natalia Viroga, Maite Santibáñez, Santiago Turenne y Sergio Muñoz–, según surge de las anotaciones en el programa, toma como asunto la relación entre la danza y la colonización, siendo que la primera podría servir como una forma catártica de procesar los sentimientos de los colonizados sin transformarse en rebelión. Los intérpretes se muestran como seres extraños alejados de cualquier intento por verse o moverse según criterios de belleza, al menos tal como maneja este concepto nuestra sociedad. El movimiento parte de la inercia, de la quietud, y el tiempo transcurre lentamente, exigiendo que el espectador se adapte a nuevos parámetros. Cada bailarín va inventando una forma especial de emitir sonido, y poco a poco podemos ir reconociendo esas voces diferentes en el marco de unos movimientos muy similares. Conductas gregarias y separaciones, enojos, violencia, imitación, fascinación por el ritmo y la regularidad cuando aparece, movimientos convulsivos, todo se sucede y nuestra mente asume esos estímulos tratando de ordenarlos, de darles similitudes y paralelismos con la cotidianidad. Cada espectador puede reconocer conductas, respuestas, actitudes; hay personas en escena moviéndose y sonando de manera extraña, y el sentido lo aporta (o no) el público.
Las luces de Leticia Skrycky generan un clima frío y casi neutro que apoya muy bien la escena, y la escenografía de Santiago Tricot es muy adecuada: una malla negra tensa en todo el piso, y una tela blanca enorme y suelta por encima que contribuye a la sensación de no-realidad y permite realizar una parte del trabajo por debajo del suelo, ya que la malla actúa como un falso piso y da una dimensión más al espacio escénico.
En una secuencia, un bailarín introduce un par de boleadoras del tipo de las de los más burdos shows de malambo, lo que perjudica bastante el entramado, generando un parche puesto como a presión que nada tiene que ver con el resto. Fuera de este breve pasaje, el conjunto de la pieza es interesante, delata un profundo trabajo de investigación y tiene gran coherencia y capacidad de generar proyecciones de sentido en los espectadores.
Se presentó dentro del Ciclo Montevideo Danza organizado por Leonardo Durán, que ya va por su cuarta edición y que ha ido consolidando una buena respuesta del público. El ciclo continúa con Episodios, de Lucía Nasser, del 22 al 24 de julio en la misma sala.

http://brecha.com.uy/index.php/cultura/vueltas-de-montevideo/4131-danza-…

Tipo: Crítica
Autor: Walter Veneciani
Medio: Semanario Brecha
Fecha: 30 de Julio 2014
Año: 2014
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